martes, 21 de agosto de 2012

ÁNgel

ÁNGEL.

Camino entre tempestades y oscuridades varias, siento sin sentir que no siento este vivir, a veces no sé que soy yo y de donde vengo. Realmente, soy puro fuego, furia salvaje reprimida, deseo incontrolable que se traduce en palabras que cuando quiero pronunciarlas son inteligibles, parecen balbuceos, vestigios de sonidos perdidos en las entrañas de mi cerebro que despotrican sobre saberes que no se si son verdad o simples disparates producto de mi mente enferma. La única certeza que tengo es que no estoy loco.
Poseo, alojado en mi garganta, un ángel, un espíritu rapsoda, un ser inmortal que quiere abandonar mi cuerpo, me ahoga, siempre tengo sed.
-Unas moneditas señora.-
Poseo esa parábola divina, que me impide relación con cualquier ser que no sea de mi misma condición y me obliga a satisfacer sus ansías de explotar, expandirse con gritos y quejidos que me veo obligado a callar entre las oscuras calles abandonándome a cualquier vicio que me ofrezca un trozo de silencio. Lo suplico, mientras veo el destello argenta entre mis dedos. Parece delicada, cristalina, penetra con tanta suavidad, me lleva al cielo y me pierdo en espirales adiamantadas y refrescantes. Se apaga la hoguera que me abrasa las venas.
-Venga Mari, anda si mañana te pago dame un cigarrillo.-
- Ayer estuvo aquí tú padre y me dijo que no te diera más tabaco que él te lo daría si vas allí a comer.-
Esta no se achanta, es dura como una piedra, me iré, es capaz de pegarme.
Siento este ser creador, indómito, incontrolable, y cuando abro la boca, sólo pronuncio barbaridades. Ellos me miran por encima, se creen tan superiores.
-¡señores yo ganaba más que vosotros con una llamada de teléfono!-
Quizás mi arte no sea arte, que sea tan solo un desperfecto, un eco que se expande entre  rocas sangrantes y milenarias. ¿Qué será de mi voz cuándo yo sepa qué es mi voz?
Sigo estando incompleto, me miro las manos y me faltan dedos, son muñones, si acaso, creo… antes sí tenía ¿Dónde los he perdido? ¡Imposible que me los hayan cortado! Me hubiera dado cuenta ¿me hubiera dado cuenta?
Creo que hasta que no sepa expresar con libertad lo que hay en mis adentros, esta llama que en lugar de extinguirse se aviva con el tiempo, estas palabras descaradas que se vuelven insultos cuando son expresadas. O quizás no tenga nada que decir, a lo mejor, puedo expresarlo de otra manera, pueda esculpir, pintar, descubrir algo, lo que sea, y este temblor. Tengo tanta sed.
Voy a las cuevas, a ver si me dan algo. ¿Le robo hoy a mi padre? ¿A mi hermana?
Las calles parecen estrecharse y la oscuridad, lentamente, se cierne sobre mí, la convención de ser sin ser es un ente, el prejuicio de vivir en sociedad que aplasta a la sociedad misma. Es una repetición constante, un superior que necesita a un inferior para pisotear, denigrar y así afianzar su propia confianza en una superioridad más ficticia que la realidad abismal que subyace en el porqué de las cosas, de nuestras decisiones, de nuestras inmundicias porque son pequeños estereotipos que crecen mediante la fama, después son olvidados para ser pisados de nuevo por otro superior que se yergue cual titán e inevitablemente ofrecerá la suela de sus zapatos para que voluntariamente, tú, antigua gloria, sitúes debajo tú preciosa cara, él, con naturalidad, como si de pisar mierdas se tratase, la aplastará contra el asfalto. Y tus sueños, tus anhelos, hasta tu familia serán fumigados, desaparecerán como si de una plaga se tratase, arrasados por el brillo de ese nuevo falso ídolo al que seguirán ciegos y sordos. Luego escucharas con palabras taimadas, la vida es así.
Creo que soy feliz como soy. Pero ellos creen que no lo soy. Tantos prejuicios. Tanto se debe ser, llegar a tener… Yo solo quiero tierra en los bolsillos, y encontrar mi voz.
Los veo espiándome. Son urracas en tejados, chapoteando en lágrimas pérdidas, apuntando en su libretilla hecha con hojas de libertades quebrantadas.
Me voy a mear en la papelera a ver si llaman a la poli y no duermo al raso.
¡Vigilar, vigilar urracas, ahora volaré otra vez y os escupiré en vuestras coronillas calvas!
¿Dónde la podré encontrar? Me la robaron, ladrones de voces, ladrones. Devolvérmela.
-¡Ladrones! ¡Devolverme mi voz!- grito. Y repito aún más fuerte.
(Otra vez se ha vuelto agresivo) Cuchichean a mis espaldas.
De súbito, un sonido ensordecedor, constante, me persigue, ese rugir de cadenas presurosas, se me cala el alma.
Veo de refilón esos afilados picos de urracas asomándose entre canaleras, al acecho.
-¡No! ¡Yo soy libre!
Que empinada se hace la cuesta, cada vez se estrechan más y más, a lo lejos parece brillar entre negreces el cigarrillo del tío “El puro” que me espera en la puerta. Se agita en mi interior ese alto ángel deseoso de salir. Ahora, parecen abalanzarse sobre mí estas paredes desteñidas. Correr pies para que os quiero, ya cabalgo a lomos de una ira que me sale por los ojos y la boca.
Ayer murió mi hermano, le dieron un golpe en la cabeza, era el pequeño, siempre me siguió hasta el infierno. Era más ingenuo, más débil. ¿Fue ayer? Porque parece que sucede ahora, en este instante. Siempre llevaba su guitarra y tocaba algún fandanguillo de esos que quiebran el aliento. Se lo conté a todos por una limosna, una muerte por unos céntimos. Mi sufrimiento por unos trozos de metal noble.
–Señora, ha muerto mi hermano me da una limosnita.- Ni con esas me dieron, me temen, temen al ser interior que se expande y estruja. ¿Y mi voz, si la encontrara? Ojalá la encontrara, todo cambiaría.
Son tan afilados que parecen cuchillas negras que ya casi me arañan la cabellera. Agitan sus alas mientras escudriñan mi caminar esforzado.
Tengo que ir más rápido, ya casi saca los brazos por mi boca, este ángel sapiencial, este ser superior. Creo que es él quien me ha quitado mi voz.
-¿Dónde está mi voz? ¡Urracas devolvérmela!
Una parece que ha vencido el miedo y ha bajado a seguirme desde el suelo. Sus patas arrugadas golpean las piedras de la carretera. Y allá a los lejos brilla aquella pequeña y  anaranjada luz que parece llamarme.
Ya llegué, silencio, necesito un poco de silencio. Nada más.
-Puro, dame uno. Que me muero. Dame uno.-
-¿Tienes pa` pagarlo? Mira esto no son la` hermanita` de la carida. Te van a llevar al centro. Ayer estuvo aquí tu padre me dio dinero pa` que no te diera má ná. Pero caro que haces tú sin mí. Eh!-
Que humillación siento. Pensar en quien era, en lo que tenía, mis hijos, mi mujer, todo lo vendí por qué. Siento tanta sed, tengo tanto que decir, tanto que llorar, pero no puedo. No puedo con este maldito ángel pegado a las costillas. ¡Qué sed!
Ya tengo la urraca casi a mis pies, agita sus temibles alas y quiere subirse a mi cabeza. La jeringuilla entre mis dedos, ahora los veo. Esta maldita sed. Silencio, necesito tanto silencio. El ruido, ese repiqueo. Yo no estoy loco. Mi padre...
Aún recuerdo como me alzaba con sus brazos subiéndome a caballito, esa alegría expresada en el brillo de sus ojos negros. Era tan alto, tan fuerte y gallardo, tan esplendoroso y ahora es un viejo. Cada vez se hacía más pequeño y más débil. Y ahora lo veo en el umbral de mi agonía con la mirada vacía y una lágrima en su alma cándida que tanto se parecía a la mía. Solo quedamos los dos, en este derrumbe negro y opaco, en esta suerte de destrucción.
A lomos de una quimera tiemblo. Pero ya se acallan los gruñidos del maldito ser de mi interior y reina por fin este gélido silencio que invade el infierno que se ha creado a su paso.
Ahora puedo dormir, aquí mismo, en este frío y plomizo suelo. Mientras, a lo lejos, parece tronar su voz, llamándome.
-¡Ángel! Ángel ¿Dónde estás?-
-¿Alguien ha visto a Angel?-
-¡Puro te dije que no le vendieras más!-
-Pero señor Clemente estaba desesperado. Tenía el bolsillo lleno de piedras, y si se liaba a tirarlas contra los tejados y lo detienen otra vez. E `mejo así.  Confórmese, así e` la vía, ¡esta puta vía!
-¡No! No me conformaré nunca, es mi hijo y juntos saldremos de esta. Yo podré sacarlo. Yo podré cuidarlo. ¡Qué es mi hijo! Ha sido todo por mi culpa.-
Una tibia lágrima resbalaba por su anciana mejilla, encorvado sobre su bastón de madera y ribetes dorados, ya no era un hombre, sino un viejo solitario que apenas se mantenía en píe. No le quedaba nada, un “pisucho” lleno de harapos, puertas descolgadas, una mesa de cocina y dos sillas.
-Aquí estoy papá, no te preocupes, ya estoy bien. Vamos a casa.-
Y  solos los dos, en la oscuridad, caminaron agarrados del brazo, por la escombrera abajo. Allí, a su podrido y roto hogar, sin embargo, su hogar al fin y al cabo, hasta mañana, o hasta que despierten las urracas y su escudriñar.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Pájaros...

Cuando resulta que no hay historia, que es solo una interrelación entre palabras sueltas, entre bocetos de entrañas que entrañan pesadumbres y bandadas de pájaros alborotados. Que sobrevuelan inmisericordes sobre el tejado de esta quejarosa casa que se cae a pedazos, no creo que sea problemas de estructura, más bien de cimientos. Y con sus gruñidos más bien, quejidos, chirridos que chirrían y se hacen insoportablemente insoportables. ¡Malditos! ¿Quién podría cortarles las alas? ¿Quién, arrancarles los picos para que dejaran de gritar!

Y se tañen en mi cabeza cuan ruidos, sonoridades polifonías y vestigios de palabras, sombras y destrozos. No es el problema la metaescritura ni la poliescritura, ni ningún invento de estos teoríocos de hoy que se creen que han encontrado la panacea de la escritura, y todo lo critican y parafrasean y cogen citas de autores y destrozan y humillan a las ilusiones. La verdad, no me apetece nada crear un estilo, o intentar un estilo. Y otra vez esos pájaros, que trinan, ¿serán golondrinas? Mi abuela dice que las golondrinas le quitaron las espinas de la corona a Jesús. ¿quién fuera diablo para arrancarlas de este cielo monocromo y hundirlas en el infierno más atroz?
En fin, la crisis en su base sintética o parasintética no existe en sí o para sí. Y harta y cansada estoy de tecnicismos de asindetónes y paradojas. De leer por leer y de aullar a la luna porque es romántico!
Pitas, pitas, pájaros, pájaros, (y agazapada, acecho, con un hacha en la mano)… pajaritos.. ¿Cómo los sacaré de mi cabeza?

martes, 25 de octubre de 2011

Mi voz.

Y el látigo arrancaba las tiras de piel al mismo tiempo que la sangre chorreaba y salpicaba la cara del azotador, se reclinaba hacia atrás hasta casi rozar el suelo con sus dedos y se extendía en el aire, ese trozo de cuero, y en su punta, cuchillas de acero, en el instante, en el segundo que se tensaba se escuchaba el dolor en el silencio.
Los espectadores atónitos escrutaban la cara del mutilado agarrado por las muñecas a una verga de madera que yacía hincada al suelo.  Parecían romperse sus brazos por el esfuerzo. Se callaban, el momento había llegado, el próximo latigazo era inminente, los villanos esperaban lujuriosos oir el grito de dolor, lo ansiaban y se gratificaban en llegar a sentir ese poder extraño que embriagaba el ambiente.  Ver como sufre hasta el éxtasis, hasta que se ahoguen los latidos de su exangüe corazón y el sufrimiento y la tortura  y la derrota se abracen a su espíritu y perezca ahora, por su mano, quizás. Por ser participes de tal violencia, será más posible. Y el poder resbala grandilocuente por sus barbillas sebosas cual saliva, y paladean ese odio y ese rencor. Que, no más lejos de la realidad, nada tiene que ver con la muerte de ese malnacido que se ahoga en su propia sangre y relampaguea sobre él la culpa de ser inocente y no poder evitar un destino tan atroz.
Y ahora es el momento, el chasquido, la inspiración y el impacto. Pero no gritó.
Se resignan y les chirrían los dientes-  – ¡Más fuerte gritan!-  Hasta que atraviese y le arranque el corazón por la espalda. Musitan.
Pero desgraciadamente, y aunque les pese, no gritó, ni gritará. Porque su voz es lo único que le queda y no está dispuesto a venderla para que unos disfruten de su agonía.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Adiós violador, adiós.





La furia se apodera de mis sentidos, no sé si respira. Arrodillada al lado de su cadáver palidezco. ¿Será un cadáver? ¿Estará muerto? Lo remataré. La bala estalla en su cráneo y siento satisfacción.

Aun siento en mi cuerpo su gordas manos rozándome,  no alcanzo a describir esto que aborda mi corazón, furia, es furia ciega. Negra e incontrolable, descabella, cabalgo en el potro de la venganza que al fin llevé a cabo. Lo maté. Esas manos gordas y sudorosas adentrándose en mis entrañas, acariciando tenazmente mis muslos. Violador has muerto. Me abordó en la esquina,  quise defenderme. ¿Por qué seré mujer? ¿Por qué vivo encerrada en este inútil cuerpo? Corrí, corrí sin mirar atrás, el me perseguía jadeante.  ¿qué le hice yo? Ser bella, ser deseable. Acaso caminaba contorneándome para intentar seducirlo. Y como león, como fiera, me agarró y reventó mis entrañas.

Después solo sabía llorar. Llegué sangrando, destrozada. Mutilada. Abrasada por el horror del deseo de poseer. Pero sé quién es, lo encontré.

Ahora pienso que las palabras furia y fiera se parecen.

 Decidí esperar, esconderme. Convertirme en sombra, en silencio. Coseché lentamente este sentimiento, la venganza. Recuerdo cuando le quité la pistola al policía. Ya no importa, ya me arrancaron mi ser y sembraron en mí la semilla del hombre,  la violencia del hombre. Y seré hombre. Soy hombre.
Miré su cañón reluciente, suspiré hondamente. Tiene nombre de mujer, pistola, arma, es curioso los entresijos del leguaje.

Ahora, yaces aquí, inerte, muerto, un hilo de negra sangre, sangre sucia recorre los adoquines de la calle, y me alegro. Mereces la muerte.

Resígnate, me decían, pide ayuda me gritaban, denuncia, suplicaban. ¡no¡ Y que salga impune, absuelto.

Iré  a la cárcel, no importa. Uno menos, ya solo quedan no sé, ¿cuántos? ¿un millón? ¿Dos? Tengo el resto de mi vida por delante.
Adiós, violador, adiós.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Panteras.

Obra de Matug Aborawi.


Su suave aroma, a canela y menta, impregnaba la estancia. La luz penetraba, tenue, por una pequeña rendija de la tupida, pesada cortina de terciopelo granate. Se vislumbraba su suave contorno azulado. Y sonidos de suspiros mezclabanse con el almizcle exhalado de su moldeado y argenta cuerpo.

En el umbral, medio escondida, admiraba con ojos cristalinos y olivas, como se estremecía entre sombras su masculino cuerpo, deseaba, anhelaba, ser su ser, sus entrañas, poseerlo. Era su belleza un poder oculto, su carácter de ser poseedor y nunca poseído. Quiso  renegar de su naturaleza divina de Helena, de madre tierra, y ser el inmortal y poderoso Urano.

De súbito, se abalanzó sobre él, cual tempestad, cual ola solitaria, y sin piedad, lo agarró por detrás, y le susurró en un hilo jadeante de voz.
-          Hoy te poseeré yo. -



jueves, 22 de septiembre de 2011

María.


Limpió sus lágrimas, cogió sus cosas y se marchó. La habitación  se quedó en silencio.
 Sentado en la mesa con  las manos a la cabeza me eché a llorar, sin lágrimas, mi alma chillaba de desesperación,  el corazón a grandes voces me decía sal tras ella. Pero mi orgullo no me permitía levantarme de aquella silla, y amordazado comencé a pensar. Y pensé, largo y tendido, Cronos devoraba a sus hijos despacio y sin lamentaciones.
Tantas veces me había dicho que se iba a ir, en cada discursión me decía, - No me importa tu dinero, por mucho que se empeñe tu familia, solo te quiero a ti- Y yo  cegado por la opinión, por prejuicios, no sé.  Me decía – Un día dejaré de quererte y me iré- No la creía. No pensaba, no sabía, es lo que se suele decir. La necedad me cegaba. Mi madre, mi padre, ¿Por qué me importaba tanto su opinión? Siempre le echaba en cara que vivía conmigo, que yo la alimentaba, que ella no hacía nada por mí, que era insignificante.
¡Maldito! Cierro los ojos, la veo, tan guapa y espléndida, aún siento sus besos. Y no la sentía, la creía culpable de mi fracaso. Sus ojos se me clavan. Ansío escuchar su voz. Ver ese cuerpo impresionante, sentir sus senos rozándome la espalda. Oler su perfume. ¿Qué voy a hacer sin ella?
 Ahora sólo me queda compadecerme y morir. ¿O no? Quiero luchar, buscarla, me da igual.
-¡María!- grito y nadie responde. María es su nombre. María te amo con toda mi alma. Me vestiré de amor y la encontraré aunque sea en el fin del mundo.  Pero cogeré mi chaqueta que hace frío. ¿Por dónde empiezo? Recuerdo que no tenía familia. Yo era lo único que tenía. Pero no era a mí sino a mí dinero, ya decía mi madre que todas las mujeres son iguales. Tendría que haberme buscado una de mi misma condición. No mejor, con más dinero. Y para qué la voy a buscar si me ha dejado ella a mí. Ella es una bicha, una lagarta sin remordimientos, con todo lo que he hecho por ella. Y qué si ya no me quiere, no me hace falta. Muchas mujeres estarían dispuestas a estar conmigo. Cuándo no ha conseguido sacarme nada se marcha, mira que lista e inteligente es. Y yo guardándole el aire, pudiendo tener un aren.
Mejor no voy a salir a buscarla. Para que. Ahora puedo elegir sin pensar en que le moleste.
Tengo un dolor en el pecho, algo estremecedor. ¿Estaré teniendo un ataque al corazón? Necesito gritar, quiero gritar. No sé lo que tengo. Voy a ir al médico. Llamaré a mi madre a ver que me ocurre. No me coge el teléfono, estará ocupada.
Me arden las entrañas, quiero morir. Y no sé por qué.
Llaman a la puerta, a lo mejor es María, voy corriendo, se ha arrepentido, ves como no es nadie sin mí. Nadie, sin dinero dónde va.
Un certificado.
Era una niña cuando la conocí. La verdad, yo también era un niño. Que son diecisiete años. Luego pasaron las cosas tan rápido. Tantas cosas le decían cuándo me la traje aquí. Y nunca tuve piedad, nunca me compadecí de ella, nunca la defendí; si se había venido por mi fortuna. Mi fortuna. Cada día se hacía más pequeña y más pequeña. Cada día hablaba menos y su carácter jovial iba desapareciendo.  Se marchitó. Pero valla las pasiones que levantaba. Seguro que tenía cuatro o cinco amantes. Quién sabe.
Bueno voy a salir a la calle a tomar un poco el aire y ver que se cuentan mis inferiores. 
¿Dónde voy solo?
No se me quita este dolor. Me quema. Me tumbaré en el suelo a ver si se me pasa.
Pasaron los días, nadie fue a casa del Señorito Miguel. Nadie sabía nada de su mujer, acostumbraba a salir a comprar con su hijo. Las tenderas la echaban de menos. ¿Qué habría sido de ella? Era una mujer extraordinaria.
Llamaron, no había respuesta. ¿Qué habría ocurrido? Un olor espantoso salía de allí. Decidieron llamar a la policía. Abrieron la puerta y allí estaba, tumbado en el suelo. Cubierto de moscas y gusanos. Muerto. Aún no se sabe la causa. La familia piensa que fue su malvada esposa. Pero en sus cuentas no faltaba nada.  Algunos dicen que murió de pena.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Espejismos.

Parece que hace frío aquí arriba. La brisa me corta cual filosos cuchillos adiamantados e invisibles. Tirito.
¿Qué es el alma? ¿Y si el alma existe? ¿Dónde se encuentra? ¿Dentro? ¿Nos mira desde el interior o desde fuera… ? ¿Cómo cabe aquí dentro? ¿Es un ser independiente? ¿Tiene vida? ¿Es simplemente energía que explosiona, o una enorme falsedad?
Siempre se habla de la dualidad del ser humano, la existencia de un ser superior, el Demiurgo que ordena y dirige. Sin embargo, yo nunca tuve el placer de conocerlo.
A mis pies se abre un abismo. El viento me susurra al oído algo que parece entender mi corazón. A mis pies,  un enorme vacío.
 Es una invención. Yo no tengo alma. ¿Quién me impide tirarme y volar? ¿Quién me impide hacerlo y ser libre? ¿Qué mano auxiliadora me tenderá un puente hacia la salvación, evitando que mi cuerpo estalle en el vacío? Apuesto que ninguna. Ya estoy cansado de esta vida inútil y conformista.
No tengo deberes morales con nadie. No tengo destino, no tengo metas, carezco de motivación, de ímpetu. Soy una masa sanguinolenta.
Quiero dejar de sufrir ¡ya!. Convertirme en la nada y que la nada me abstraiga hacia la eternidad, hacia el no ser.
Sin embargo, si el alma no existe, por qué tengo ese escozor, aquí en las entrañas, sobre el estómago, a veces se hace insoportable, es una carga infinita.
¿Pesará el alma?
Escucho el crepitar del sol hundiéndose poco a poco en el mar, se apaga agonizante. Salpica de sangre el horizonte, tiñe el mar con sus entrañas. Y ansío su destino, ¡cómo anhelo su suerte! 
Mi alma, si existe, se fue aquel día. Mejor dicho, aquella desdichada noche. Y ahora me encuentro sin ser, atemorizado en la nocturnidad, el miedo, a veces, no me deja respirar, apretado debajo de las sábanas. Encogido y desvelado. Quiero dormir. Dormir para siempre y dejar de sentir esta congoja que me desnuda.
Las olas destrozan las rocas.
Sus dedos sobre mi espalda, fue un sueño. Eran tan reales..., caminando sobre mí parecían penetrarme, aguijoneantes, desgarraban mi piel. ¿Seguro que fue en sueño? Aquellas palabras...
¿Qué hacía?. Arrodillado al lado de mi lecho. Sólo pude ver su sombrero, ese sombrero de ala grande y negro. Su voz bramante, enloquecedora, retumbaba en la habitación, como el rugir de estas olas en tempestad.
Allí permanecía, inamovible, impasible. Petrificado. Sus palabras retumbaban. Sentía esos cuchillos caminando por mi espalda. Hacía tanto frío como ahora. El miedo, el rugir de sus palabras, sus dedos, me estremecían. Y esas palabras, horror de vocablos, no era su significado, aunque sí pudiera ser, su terrible y desesperanzador significado, aparejado a un significante abstracto, multiforme.
Me achicharraban sus dedos, infinitos, que caminaban errantes por mi lomo desnudo. Quería gritar, pedir ayuda, suplicar que alguien entrara y me salvase de ese ser abominable. Sin rostro.
Su sombrero, apenas atisbado; si era un sueño, ¿por qué no podía despertar?  No escuchaba sonido alguno, sólo sus palabras. ¡Quiero despertar!, chillaba, pero mi garganta seguía aprisionada. Me dolía el pecho, aun más que ahora, aun más que en este momento... insoportable,  profundo y enloquecedor. Continuaban los dedos taladrándome hasta las entrañas.
¿Quién eres?, preguntaba. ¿Quién eres?, repetía incansable. La habitación, tenebrosa, parecía encogerse. Era negra, pero no tanto como aquel ser. ¿Sería ese mi alma, que había salido de mi cuerpo, o sería la muerte que me buscaba? Las paredes se precipitaban sobre mí. Ya no había aire. Y sus palabras seguían retumbando en mis adentros.
-¿Quién eres?- insistí. Sus manos sobre mí, sus dedos, sus palabras, ya era insoportable.
- ¡Te voy a matar!-  me decía a cada paso de sus dedos. Pero no tenían carne. Sentí el corazón y el índice, eran uñas, largas, casi infinitas, agujas.
- ¡Vas a morir!- insistía.
Ya es de noche, no ha salido ninguna estrella, el mar, estalla con ferocidad. Las nubes se agitan violáceas, llueve.   
El peso del mundo sobre mí, y la oscuridad, trémula oscuridad. Impenetrable. Espesa.
- Por favor, déjeme en paz- Supliqué.
- ¡Vas a morir!-  Me chilla.
- ¡Por favor, tenga piedad!- Casi gritaba.
Parecía no escucharme.
Sus palabras retumbaban en cada oquedad, en cada resquicio de mi piel.  Antes no había pensado en la muerte. Vivía sin fines, sin propósitos. No tenía miedo. Feliz e inconsciente. “Carpe diem”, era mi lema. Sería inmortal. Poderoso y soberbio. Altivo. ¡Cuánto daño hice a Susana! Ahora me doy cuenta de que la maldad me poseía. Eso era, la Maldad personificada, ella estaba arrodillada junto a mi cama.  
Su sombrero, ahora infinito. Ya no se escuchaba las palabras, ya habían perdido su significado, ya no me importaba vivir o morir, me rendí, por un momento, por un instante. Entendí que nada podía hacer ante ese ser sin forma, me iba a destruir y ya nada importaba.
¡Cuál sería el instrumento que utilizaría para matarme? En mi mente, aparecía una guadaña (parece cómico, cuando sentimos la muerte tan cerca, ¿Por qué aparece ese instrumento? ¿Nos van a cortar la cabeza? Siempre). Sufriría. No podría haber más sufrimiento que el que estaba sintiendo en ese momento.  Quizás me atravesaría con sus agujas infinitas y me clavaría en la cama. Quizás la oscuridad me penetraría por la boca y me partiría en dos. Quizás la parca cortara el hilo de vida. Ya no sentía miedo, ya no importaba, acepté mi suerte, morir...
Ahora, el viento ya no susurra. Me agrada que las gotas de agua resbalen por mi cuerpo.
Se rió, las carcajadas eran agudas, y eso me enfureció. La cólera se apoderaba de mí,  
No sabía que tenía tanta rabia alojada. Quizá ahora podría liberarme de esa mortaja invisible. Quizá ahora podría mover mi mano y quitarle el sombrero.
-Ya llegó tu final- decía.
Sentí que una fuerza desmesurada crecía en mi interior, una energía que me hacía hervir la sangre. Poco a poco, resurgí, ya no importaba que fuera un sueño, o realidad. Entre la verdad o la mentira sólo hay un leve precipicio llamado punto de vista. Tenía la certeza de que esa fuerza que surgía en mi interior me iba a librar de ese ser homicida.
- Te he preguntado quién eres- Ahora sí tenía voz. Tronadora. El ser parecía vibrar. Mi garganta, antes enmudecida, ahogada sin consuelo, estaba liberada.
-¡Vete de mi casa!-  Grité hasta sesgarla. Sus dedos, se habían detenido.
- Te voy a matar- repitió por última vez.
Aún no podía mover mi cuerpo, sin embargo, ya tenia libre mi mente. El miedo se había convertido en valentía. Pero algo parecía moverse dentro de mi ser. Algo inexplicable parecía separarse a cada paso.
De nuevo se rió la sombra, a carcajada limpia. Por fin conseguí liberarme, pude moverme, y el monstruo desapareció. Rápidamente me giré y me puse boca arriba,  pero no pude incorporarme. Y encima de mí, una luz, que destruyó aquella oscuridad. Sin embargo rápidamente se diluyó y la penumbra volvió. Ya pude levantarme. La boca me sabía a sangre. Pero ahora, en mis adentros, había un vació. Desde entonces busco la muerte.
Pero, quién era ese ser, ¿acaso mi alma?  Imposible, porque el alma no existe. ¿La muerte? Si el alma no existe tampoco puede ser la muerte. ¿El demonio? ¿ Una proyección de mi consciencia, o  tal vez mi subconsciente? ¿Y si todo fue un sueño...?
 Ahora escucho voces; quizás aquella noche fue el detonante de mi locura. Siento miradas tras de mí, pegadas a mi nuca. Me giro, pero no hay nadie. ¿Serán espíritus?
 Las preguntas sin respuesta siguen rondando mi mente. ¿qué era aquella luz? Tal vez mi alma, me la robó el sombrerero.
Cuando estoy sentado mirando el televisor veo una sombra, pero más que una sombra es un destello, allí, mirándome desde la esquina, fuera de la habitación. Ávidamente me incorporo y voy volando hacia ella. Pero desaparece. ¡Alma, dónde estás!
Ahora, siempre, siento miedo, veo mucha gente aun sin verrlos. Creo que tengo algúna extraña capacidad.
El otro día, el martes de la semana pasada, creo, no lo recuerdo exactamente, un niño que cruzaba despistado la carretera, fue atropellado por un coche; su madre lloraba desconsolada aferrada a su pequeño cuerpecito. Quise curarlo. Puse mis manos sobre su cabeza y, de súbito, despertó y sonrío. -Te he visto- Me dijo.
Todo eso es mentira. Quizás, sólo enloquecí. Pero temo encontrarme ese ser otra vez al lado de mi cama.
Tengo tanto miedo que prefiero morir, prefiero lanzarme y reventar en las rocas. Paladeo los últimos instantes que me quedan de vida. ¡Todo es mentira! Son imaginaciones de mi mente perturbada. No existió ese ser, no veo fantasmas, no escucho voces, no puedo curar a los infantes. Moriré y a nadie le importará. Destruiré mi cuerpo. En esta noche destronada, la lluvia y el agua salada borrarán cualquier recuerdo. Y por fin podré dormir.
Sin embargo, no puedo hacerlo. Siento esos ojos que me miran, allí, detrás de aquel arbusto. Junto a aquella montaña de arena. Ese atisbo de claridad.¿Será aquella mi alma? No lo sé voy a buscarla.